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quinta-feira, 28 de novembro de 2013

El Tea Party brasileño

El Tea Party brasileño

El creciente poder de las Iglesias evangélicas en Brasil impone una agenda cada vez más conservadora en el país


Protesta contra el aborto y el matrimonio en Brasilia. / VALTER CAMPANATO (EFE)
En Brasil, el reino de Dios es cada vez más de este mundo. Como ocurre en otras partes de América Latina, el poder de las Iglesias evangélicas y pentecostales, que funcionan como una especie de Tea Party a la brasileña, está alterando la política. Hasta tal punto que la clase dirigente entona sus mejores plegarias cuando tiene que negociar temas espinosos con sus representantes en el Congreso, algo muy frecuente, incluso si están a años luz de su ideología superconservadora.
Conocedores de su creciente poder, todos los partidos sueñan con tener en sus listas candidatos evangélicos porque saben que sus seguidores, la mayoría pobres y poco cultivados intelectualmente, son mucho más obedientes a la hora de seguir las órdenes de sus pastores en las elecciones que, por ejemplo, los católicos. “Las fuerzas políticas buscan tener evangélicos en sus cuadros porque son un elemento sustantivo del electorado. Esa religión está creciendo e interesa como masa electoral”, asegura João Paulo Peixoto, catedrático de la Universidad de Brasilia. Por ejemplo, la mismísima presidenta Dilma Rousseff, cuando disputó las presidenciales en 2010 con el apoyo de su antecesor, Lula da Silva, tuvo que presentar un documento a los evangélicos en el que se comprometía a no defender, si ganaba, laliberalización del aborto. De lo contrario, es muy probable que hubiese perdido.
La teología de la liberación ha sido sustituida por la teología de la prosperidad, el teólogo Leonardo Boff por los predicadores televisivos, dicen los demócratas preocupados por la expansión de estas iglesias entre la clase C, las capas medias que se incorporan al consumismo, muy conservadoras políticamente y a las que se les promete algo mejor que el paraíso: la curación de las enfermedades mortales aquí en la tierra. Ya son 42 millones de fieles (una progresión imparable desde 1977, uno de cada cuatro brasileños), repartidos, sobre todo, entre la Asamblea de Dios y la Iglesia Universal del Reino de Dios. En total, 71 congresistas (68 diputados y 3 senadores) y desde marzo la presidencia de la emblemática e importante Comisión parlamentaria de Derechos Humanos y de las minorías a cuyo frente han situado a un personaje considerado homófobo y racista. Pero los escaños no son suficientes, aspiran a tener el primer presidente evangélico de la historia.
“Dios tiene un gran proyecto de nación elaborado por él mismo y es nuestra responsabilidad ponerlo en práctica”, ha confesado el obispo Edir Macedo, fundador de la poderosa Iglesia Universal, en su libro Plano de poder.
Al estilo estadounidense, Macedo es dueño de la TV Record, líder de audiencia después de la cadena de televisión Globo, y posee el cuarto grupo de comunicación del país. Su iglesia, además, posee 23 emisoras de televisión, 40 estaciones de radio y una docena de editoriales propias.
“Dios, los cristianos y la política neopentecostal del obispo Macedo, dan miedo”, asegura el periodista y director del grupo de comunicación O Povo Plinio Bortolotti. “Está obcecado con el poder y tiene un plan para tomarlo. Parece un nuevo Moisés que está convencido de actuar bajo las órdenes directas de Dios”.
Carlos Eduardo Calvani, de la Iglesia Anglicana en Brasil, va más allá. Según él, los evangélicos brasileños predican una política muy parecida a la de los fundamentalistas islámicos, con la única diferencia de que actúan dentro de una democracia. Con su sueño de llegar al poder, podrían, en palabras de Calvani, llevar a Brasil a una especie de “régimen talibán evangélico”.
En un país aparentemente abierto, aunque de un conservadurismo latente, los evangélicos se oponen, por ejemplo, a la laicidad del Estado, al aborto, al matrimonio gay, al uso de células madre y a la despenalización del consumo de drogas. Sus miembros han conseguido estar presentes en 16 formaciones políticas y han creado tres partidos propios: el Partido Republicano de Brasil (PRB), el Partido Social Cristiano (PSC) y el Partido de la República (PR).
A las fuerzas evangélicas se unen una serie de diputados alineados en el Frente de Defensa de la Vida y Preservación de la Familia y de la Vida, con 192 parlamentarios, un 40% del Congreso, una fuerza que hasta ahora ha sido capaz de paralizar cualquier apertura en la aprobación de leyes progresistas en esta materia. El Congreso no ha conseguido, por ejemplo, aprobar aún la regularización del aborto, y la aprobación del matrimonio entre homosexuales fue obra del Tribunal Supremo, que lo consideró constitucional.
Pero el mayor éxito de los evangélicos ha sido sin duda el nombramiento como presidente de una de las Comisiones más emblemáticas y delicadas del Congreso, la de Derechos Humanos y de las minorías del pastor evangélico de 40 años, Marco Feliciano, figura polémica y enemigo número uno del movimiento gay. Feliciano defiende, Biblia en mano, que Dios creó al ser humano “varón y hembra” y que no puede existir un “tercer sexo”. El pastor ha llegado a afirmar que los africanos llevan encima una “maldición divina” desde los tiempos de Noé que les hace ser negros y pobres.
Haber conquistado la Comisión de Derechos Humanos del Congreso fue considerado por el columnista político de Folha de São Paulo, Janio de Fretas, como el “primer bloque orgánico, ideológicamente bien definido y poderoso” en el Congreso por parte de los evangélicos. “Estamos en el camino hacia una República teocrática”, dice el escritor Luiz Manfredini.
Feliciano ya ha anunciado que se presentará al Senado y proclama ante sus fieles, muchas veces en actos multitudinarios que reúnen a más de cien mil personas, entre cantos y exclamaciones religiosas, que su meta también es llegar a conquistar la Presidencia de la República. Con la Biblia levantada en alto y mientras sus seguidores lloran y rezan, Feliciano profetiza: “En el nombre y la paz de Cristo, un evangélico llegará a ser presidente de Brasil”.
Feliciano fundó hace cinco años su propia Iglesia dentro de la Asamblea de Dios. En 2010, fue elegido diputado en São Paulo con el mayor número de votos frente a los otros candidatos evangélicos. A los 13 años era católico, incluso ejerció de monaguillo. Abrazó la nueva fe tras dejar las drogas.

Poderes terrenales

La fuerza del movimiento no disminuye, a pesar de que los diputados evangélicos han sido denunciados muchas veces ante la justicia por corrupción. En 2003, 23 de ellos se vieron envueltos en la llamada “Mafia de las sanguijuelas” y fueron llevados ante los tribunales.
Ahora mismo, el 50% de los congresistas evangélicos están bajo acusaciones judiciales por varios crímenes que van desde la corrupción activa y pasiva al blanqueo de dinero, pasando por la evasión de divisas y delitos contra el fisco.
Sin embargo, la fe de sus seguidores en ellos pasa por encima de todas las acusaciones. Cuando llegan las elecciones, no existe candidato que no desee el apoyo de los millones de fieles evangélicos con sus cientos de centros de propaganda que van desde los templos a las antenas de radio y televisión.
Si un día se cumpliera su sueño, Brasil dejaría, dicen los analistas políticos, de ser un Estado laico, cuya segunda o primera Constitución sería la Biblia, que es ya el libro que enarbola Feliciano en la comisión que preside, olvidándose de la Carta Magna a la que considera supeditada a los libros sagrados.

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